Una dosis de “Serotonina”

serotonina

La conmoción duró toda una eternidad. No sabía si reír o llorar, y ambas reacciones por el mismo motivo: por fin alguien expresó por escrito pensamientos que a mi me daba miedo verbalizar. Me guardaré los pasajes en cuestión, dado que estas líneas serán leídas por personas que me conocen personalmente. Y aquellos que me conocen de verdad y han leído la obra sabrán a lo que me refiero.

No es una lectura fácil. No es accesible para cualquiera. Es machista y políticamente incorrecta. Es complicado establecer un vínculo de empatía con el personaje principal, pero en el momento en el que ocurre esta simbiosis- pasas a aceptar los rincones más oscuros de su alma. Y lo más egoístamente terapéutico- dejas de castigarte por los tuyos propios. La historia y las divagaciones te llevarán a un lugar que dice ser Francia, pero en realidad podría ser cualquier ciudad. Cualquier lugar en el que uno ha crecido, caminado y tropezado. E hizo lo imposible para levantarse.

Y ojalá que los editores de hoy en día cuenten con la sensibilidad requerida para tal oficio: la tensión de un relato tan psicológicamente intenso y brutal es insostenible cada vez que en el horizonte narrativo aparece el médico de cabecera del protagonista. El doctor Azote. Y no, no se trata de una alusión sadomasoquista, aunque bien podría ser una jugada digna siempre y cuando fuera premeditada. La nota aclaratoria del traductor reza que “«Azote» significa «nitrógeno» en francés”, y digo yo, señor Zulaika, ¿ha probado Usted incrustar la palabra “gifle” en el contexto original?

A pesar de que este azote en la mente lectora es digno de pasar a la lista de las deficiencias más funestas en la historia de la traducción, suplico al intrigado lector hacer un esfuerzo por mantener el pacto de ficción. Porque la historia merece la pena.

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