El significado del comunismo soviético: reseña de “El fin del «Homo sovieticus»”de Svetlana Alexiévich

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Photo: Julia Serbina

A principios del siglo XX el lingüista suizo Ferdinand de Saussure establecía la diferencia entre el significado y el significante, siendo el primero el contenido del segundo. El privilegio de establecer las fronteras diferenciales le compete a la mente humana, según reza el triángulo semiótico de Peirce, lo que motiva que la correspondencia entre el contenido y la forma, entre el significado y el significante no sea biunívoca. Cuando leemos que el comunismo es “la doctrina que establece una organización social en que los bienes son propiedad colectiva”, una definición de la RAE que, a primera vista, no contiene supuestos éticos contrarios a la concepción general de la justicia, surge el alarmante recuerdo del comunismo soviético estudiado en los manuales del instituto.

Han corrido ríos de tinta con la finalidad de clarificar la causa del fracaso, obras a las que uno accede conscientemente y de manera voluntaria, motivado por la gran inquietud que provoca la cuestión. Sin embargo, para la mayoría -a la que pertenezco, por cierto- nos cuesta dilucidar la trayectoria del comunismo en la URSS, y sobre todo las razones de su ocaso. “Tal vez podría dividirse a los soviéticos en cuatro generaciones: la de Stalin, la de Jruschov, la de Brézhnev y la de Gorbachov. Yo pertenezco a esta última, A nosotros nos resultó más fácil asistir al desplome de las ideas comunistas, porque no estábamos vivos cuando esa idea era aún joven y fuerte, cuando aún no había perdido el aura mágica de un romanticismo fatal y seguía viva la esperanza alimentada por la utopía” confiesa Svetlana Alexiévich en Apuntes de una cómplice, que hace la función de una introducción-prólogo en El fin del «Homo sovieticus» (Acantilado, 2015).

La obra cuenta con una estructura análoga a la de La guerra no tiene rostro de mujer –y que caracteriza toda la producción literaria de Alexiévich-: testimonios escogidos de las entrevistas realizadas por la periodista, agrupados en capítulos, cuyos títulos son citas directas del testimonio que contiene, o bien guardan una estrecha relación con el contenido de éste. Los capítulos, a su vez, son agrupados en bloques temáticos. De esta manera, el índice de la obra tiene la función de un metatexto, cuya riqueza y singularidad lingüística se ha conservado en la traducción del ruso de Jorge Ferrer. En El fin del «Homo sovieticus» hay dos bloques temáticos: “El consuelo del apocalipsis. Diez historias en un interior rojo” y “El encanto del vacío. Diez historias en medio de ninguna parte”. La dominante temática de las veinte historias consiste en la vivencia personal de los entrevistados del antes y el después de la caída de la URSS y la época de la perestroika: “No hago preguntas sobre el socialismo, sino sobre el amor, los celos, la infancia, la vejez, […], sobre infinidad de detalles de una vida que ha desaparecido. Ésa es la única forma de mostrar, de adivinar algo, inscribiendo la catástrofe en un contexto familiar.”- revela la periodista.

El fin del «Homo sovieticus» se encuentran relatos con menciones a mujeres que lucharon en la guerra, a la catástrofe de Chernóbil y a la guerra de Afganistán, de manera que estamos ante una obra de una temática global –los peligros de un sistema totalitario-, que se desarrolla por temas concretos en otras del ciclo “Voces de la utopía”. De los cuatro libros traducidos al castellano hasta la fecha, El fin del «Homo sovieticus» es el más extenso -643 páginas-, no obstante el impacto de su contenido no se debe a los detalles escabrosos del sufrimiento humano físico, sino más bien del psicológico. El alto precio que han tenido que pagar los ciudadanos de la URSS por la Victoria no se reduce solamente a las bajas durante la guerra o en un campo- las vidas rotas y las almas mutiladas en nombre de una idea merecen trascender en la memoria colectiva. El régimen totalitario ha llevado a cabo la reducción del individuo a una mera identidad nacional que determina su destino en el contexto histórico, por lo que es imposible de cuantificar a todos “aquellos que se habían adherido por completo al ideal, a aquellos que se habían dejado de poseer por él de tal forma que ya nadie podía separarlos, aquellos para quienes el Estado se había convertido en su universo y sustituido todo lo demás, incluso sus propias vidas” (página 10, Apuntes de una cómplice).

En las páginas de El fin del «Homo sovieticus» tienen cabida tanto los testimonios de aquellos que están en contra del sistema soviético, como aquellos que opinan que la solución a los problemas actuales consiste en el retorno a los ideales marxistas-leninistas e incluso estalinistas. Cada uno de los entrevistados ha vivido experiencias que han amoldado su manera de pensar, por lo que el lector podría no estar de acuerdo con sus valores, no obstante jamás juzgar su forma de actuar. Como dijo uno de los entrevistados, “sólo un soviético puede llegar a comprender a otro soviético”. El final de la URSS ha supuesto un antes y un después para todos los soviéticos, generando una realidad semejante a la narrada en “Good bye, Lenin!”. Los cambios que se producían a una velocidad vertiginosa no se limitaban al ámbito político o consumista. La ruptura más dañina y abismal ha sido entre la mentalidad de aquellos, que vivieron la edad adulta en la Unión Soviética y la generación que creció después de la perestroika, dando lugar a un profundo conflicto existencialista que se percibe en testimonios como “nuestros hijos no se nos parecen” o “mi tiempo terminó antes de que acabara mi vida”.

El “aura mágica de un romanticismo fatal” y “la esperanza alimentada por la utopía” parecen ser ingredientes necesarios para la existencia de un sistema comunista soviético, no obstante, se omiten en las definiciones oficiales. El significante del sistema político de la Unión Soviética puede ser el comunismo o el socialismo –dependiendo del momento-, sin embargo, para conocer su significado es necesario recurrir a los testimonios recogidos en El fin del «Homo sovieticus». Independientemente del sistema político es indispensable cuestionar y revisar los valores que promueve, ya que incluso el ideal más puro en manos equivocadas puede convertirse en una pesadilla.

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El azar posmoderno: reseña de “El elefante desaparece” de Haruki Murakami

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Se trata de una de las novedades editoriales del año: en marzo salió a la venta la colección de relatos El elefante desaparece (Tusquets Editores) de Haruki Murakami. Algunos de ellos, como Sueño, han sido publicados anteriormente, sin embargo la mayoría de los que aparecen en este volumen son una traducción reciente al castellano, llevada a cabo por Fernando Cordobés y Yoko Ogihara.

El elefante desaparece es el título de uno de los diecisiete relatos escritos por Murakami entre los años 1980-1991 que componen esta colección. El título sugiere un contenido fantástico y posmoderno, pero una vez comenzada la lectura se revelan aspectos sorprendentes tanto en lo que se refiere a las historias como a la estructura de las mismas. El contraste se hace patente ya desde el principio: el relato que presta su título al libro no está situado al comienzo, sino al final; el surrealismo del título da paso a una primera historia que se podría caracterizar más bien por un tono realista propio de lo cotidiano. Probablemente, lo que más se presta al contraste son los diferentes niveles de la realidad en los que opera el mundo concreto de un relato, así como los mundos de los diecisiete relatos en conjunto.

En las páginas de El elefante desaparece habitan de los más diversos personajes, sin embargo, hay una característica que une a todos ellos: son tremendamente humanos. En la mayoría de las historias el lector conoce la edad de los protagonistas, su oficio y su género. Resulta imposible obviar la importancia que Murakami le otorga a la música. Las preferencias musicales de los personajes confeccionan la personalidad de éstos, de manera que el lector encontrará una posible relación entre la producción de Wagner y el atraco de una panadería. A pesar de que por su extensión, un relato no tiene capacidad suficiente para los caracteres evolucionen en su profundidad psicológica, Murakami trata con mucho esmero los detalles que dotan a cada uno de ellos de aquellas rarezas que los hacen únicos. Todos los relatos contienen un proceso de búsqueda: se busca un gato, comida, graneros quemados, un elefante… como si de una alegoría se tratara, durante la búsqueda se llega –o no, según el caso- al autoconocimiento, al auto-encuentro:

“Quiero decir, elecciones incorrectas producen a veces resultados correctos y al contrario. Ante este tipo de absurdos (creo que se les puede llamar así), he llegado a la convicción de que en realidad no elegimos nada. Esa es mi forma de entender la vida. Respecto a las cosas que ya han ocurrido, no hay nada que podamos hacer. En cuanto a las que aún no han tenido lugar, todo está por ver.” (página 43) –reflexiona el protagonista de Nuevo ataque a la panadería.

Una situación cotidiana y una acción rutinaria cualquiera, narradas en El pequeño monstruo verde, La gente de la televisión o El enanito bailarín se sitúan en un mundo fantástico, de modo que obligan al lector a construir ese mundo posible a medida que avanza la lectura. Es verdaderamente asombroso el proceso de construcción de ese mundo posible, ya que siendo el mismo lector el que se encarga paulatinamente de incorporar elementos fantásticos, el pacto de ficción está mantenido desde el principio, independientemente de lo surrealistas que puedan parecer esos elementos fuera del contexto narrativo.

Una temática de clara influencia kafkiana, así como de Kurt Vonnegut, Raymond Carver y F. Scott Fitzgerald invita a reflexionar sobre el transcurso de una vida, de un modo muy similar al que lo hizo Patrick Modiano en Tres desconocidas: “Es extraño. Ni siquiera yo entiendo cómo he acabado vendiendo enciclopedias a los chinos. Recuerdo las circunstancias, pero se me escapa cómo al final las cosas convergieron de esa manera. Cuando quise darme cuenta, simplemente estaban así.” (página 251).

Planteada de esta forma, la vida parece el resultado de una acumulación de circunstancias en las que el ser humano ni siquiera dispone de un margen de actuación en lo que a su voluntad se refiere, es el azar el que determina el camino. No obstante, Murakami ejemplifica aquella bella frase de Antonio Machado que reza que “no hay camino, se hace camino al andar”, mostrando la importancia que tienen todas las decisiones que tomamos, aunque a primera vista nos parezcan insignificantes. Cada uno de los relatos tiene mucha fuerza que hace que pasado un tiempo nos sorprendamos pensando en el destino de alguno de los protagonistas. Sin embargo, los diecisiete relatos en conjunto crean un universo en el que, a pesar de ser independientes, sugieren algún tipo de relación entre los personajes. Desgraciadamente, las historias no están fechadas, por lo que es difícil conocer el orden de su creación- información que sin duda supone un interés para los estudiosos de la poética de Haruki Murakami. ¿Han sido concebidos como relatos desde el principio, o se trata de bocetos para la creación de una obra más extensa? En cualquier caso, y ante todo un enigma de la creación literaria, es una colección que deleitará a aquellos a los que les gusta la literatura posmoderna y surrealista al estilo de los relatos de Kafka.

Resulta difícil evitar la polémica expectación que acompaña a Murakami desde hace unos años, y este 2016 no es una excepción: el título aparecía en las listas de las publicaciones estrella del año junto a La guerra no tiene rostro de mujer (Editorial Debate), Cinco esquinas (Editorial Alfaguara) y Tres desconocidas (Editorial Anagrama), todos ellos pertenecientes a autores galardonados con el Premio Nobel.  El escritor japonés estuvo entre los favoritos para la concesión del Premio los años 2010, 2011, 2012, 2013, 2014 y 2015. ¿Será para Haruki Murakami el 2016 el año definitivo, al igual que lo ha sido para Leonardo DiCaprio?

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El periodismo como arma política: reseña de “Cinco esquinas” de Mario Vargas Llosa

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Da igual cuál es el sitio en el que comience la lectura. Ya sea en el sofá, en la cola de la librería o en el metro. La última novela del escritor peruano desde las primeras líneas secuestra la atención y los cinco sentidos del lector para trasladarlos a una cama de matrimonio. Allí, en esa cama se está viviendo un momento de tensión sexual y de deseo tan incontrolable y difuso que hace que los límites de lo real se pierdan entre las sábanas. “¿Había despertado o seguía soñando?” –se pregunta Marisa. Y esta es la frase con la que comienza Cinco esquinas.

La historia que irrumpe como una novela erótica con dos amigas como protagonistas, se torna en una novela policiaca, en un thriller ambientado en el Perú de Fujimori. El escenario de un régimen dictatorial con un estricto toque de queda se presta al desarrollo de una relación lésbica, un chantaje mediante unas fotos comprometidas, unos destinos y vidas humanas puestas en peligro. Una flamante cantidad de motivos literarios -que para nada influye de manera negativa en su calidad- sustentan una interesante y poco tratada dominante temática: la utilización de la prensa amarilla por la dictadura.

En un ambiente cada vez más claustrofóbico los acontecimientos se efectúan a un ritmo de inesperados giros narrativos, creando un terreno idóneo para la germinación de la personalidad de los protagonistas. La perspectiva que brinda la técnica del narrador omnisciente permite penetrar en la mente de los personajes, conocer sus verdaderos pensamientos en situaciones más delicadas y comprometidas. De forma paralela el lector conoce a dos matrimonios de alta sociedad, a un recitador de poesía jubilado y a una periodista de prensa amarilla residente en el barrio limeño de Cinco esquinas. Son estos tres pilares en los que se sustenta la historia, y en cuyo centro, a medida que avanza la trama- emerge la figura del Doctor- el jefe del Servicio de Inteligencia de Fujimori.

Entre los peligros de una dictadura raramente se incluye la amenaza a la libertad de expresión, no obstante, el periodismo es un arma letal cuando se hace un mal uso de él: “Yo te diré a quién hay que investigar, a quién hay que defender y, sobre todo, a quién hay que joder”- dice el personaje del Doctor a la periodista (página 243). Mediante la prensa se consigue controlar a los opositores del régimen, creando una falsa opinión popular acerca de una persona o un acontecimiento. Sin embargo, no es necesario que el gobierno sea un régimen totalitario para que la información sea presentada con el fin de provocar una reacción determinada. La vulnerabilidad del imaginario colectivo y la opinión social está en estrecha relación de dependencia con la cultura y la educación. Por esta razón, el tema central de Cinco esquinas sobre la utilización del periodismo como un arma política es tan actual a nivel internacional.

Como sucede con las novelas de estructura policiaca, la intriga va in crescendo para culminar de una manera satisfactoria. No obstante, los grandes autores crean obras que llevan la firma de su maestría, y Cinco esquinas ejemplifica este hecho. La novela cuenta con 22 capítulos, y a lo largo de los diecinueve primeros la lectura ofrece un delicioso lenguaje lleno de peruanismos, situaciones con unas resoluciones de lo más inesperadas y momentos eróticos en los cuales el lector se convierte en voyeur. Son los últimos tres capítulos, cual firma del Maestro Creador, que por su estructura llevan al lector prácticamente sin aliento hacia el final. Un final abierto, acerca del cuál durante las semanas posteriores a la lectura nos estaremos preguntando si ha sido realmente un happy end.

“… una situación tan absolutamente anómala la que se está viviendo esa ciudad, ese país en ese momento: hay terrorismo, hay dos movimientos que han declarado una guerra de Estado, que secuestran y que ponen bombas. Hay operaciones de ejército contra el terrorismo, que son acciones en muchos casos terroristas, hay comandos formados por el propio gobierno que no son el ejército ni la policía- son comandos de acción que también producen atrocidades, hay un toque de queda en estricto… Todo esto ha generado una situación de inseguridad, de incertidumbre, de claustrofobia a la gente. Y esa situación, creo yo, para muchas personas ha sido un gran incentivo sexual, es como si el sexo se convirtiera en una carta de salvación, en una manera de ofuscarse y de olvidarse de esa realidad tan absolutamente insegura y hostil. O la búsqueda de un placer un poco perverso precisamente por esas circunstancias de desorden y de caos: esa es la razón de esa idea inicial, y yo creo que con el contexto de la historia de alguna manera se explica el sexo desmesurado y tan turbulento.” Con estas palabras Mario Vargas Llosa compartía con la periodista Montserrat Domínguez la idea inicial de su obra Cinco esquinas, cuya presentación tuvo lugar en el Círculo de Bellas Artes de Madrid el 7 de marzo de 2016. La entrevista, inédita hasta la fecha de la publicación de la presente reseña, cuenta con un espacio propio en este blog: Presentación de Cinco esquinas de Mario Vargas Llosa.

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Narrar una vida: reseña de “Tres desconocidas” de Patrick Modiano

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“Vivire c´est s´obstiner à achever un souvenir”

René Char

¿Cuántos de nosotros somos capaces de definir lo que somos sin recurrir a la ocupación profesional? Si tuviéramos cincuenta páginas para narrar nuestra vida, nuestra historia, ¿qué contaríamos? Ya lo dejó patente Hayden White: no existe una fórmula para contar una historia, el relato siempre es selectivo. No obstante, la variable espacio-temporal condiciona cualquier narración -por muy subjetiva que sea-, y la poética de Patrick Modiano lo corrobora.

Tres desconocidas (Anagrama, 2016) ha sido publicada por primera vez en 1999 con el título de Des inconnues, es decir, Las desconocidas,- matiz semántico mantenido en la traducción de 2001 de la editorial Debate. Es una novela fragmentaria con tres historias independientes entre ellas, unidas por la forma, el anonimato de las narradoras y las referencias espacio-temporales: la Francia de los años sesenta. Al igual que sus protagonistas, Patrick Modiano (Boulogne-Billancourt, 1945) vivió su adolescencia durante aquel difícil momento histórico, que condicionó tanto los destinos humanos. La influencia del entorno en la formación de la personalidad durante la adolescencia es innegable: aprehendemos de todo lo que nos rodea y en contadas ocasiones aprendemos de los errores ajenos. En este claroscuro juego, cuyo macabro objetivo es la búsqueda de la identidad, el espacio actúa como molde del alma humana.

Los relatos autobiográficos femeninos se centran en los años de la adolescencia de las protagonistas. Las tres narraciones son retrospectivas, contadas desde el recuerdo personal de ser, desde aquellos sucesos y relaciones que han sido cruciales para el desarrollo de una identidad. En el fluir continuo de la vida, el lector irrumpe en el delicado momento en el que una personalidad adolescente muda a una adulta: las tres chicas recorren su camino sin compañía paterna. Unos personajes humanos, verosímiles y tan logrados solamente han podido salir de la pluma de alguien con una sensibilidad inasequible para la mayoría de los mortales. Es realmente única la intensidad de las emociones que provoca el contacto con los pequeños grandes dramas personales que habitan la prosa de Modiano. Es una intensidad modianesca.

La primera historia pertenece a una joven, cuyo sueño de convertirse en maniquí la lleva a París. En la ciudad, sola ante las adversidades que aguardan el frágil alma adolescente, la protagonista contacta con una mujer a la que conoció en España y cuya influencia supone un punto de inflexión en su vida. El lector es testigo del proceso de formación de una personalidad en función de los sucesos ocurridos, de las relaciones interpersonales mantenidas… son los pequeños detalles en los que apenas reparamos los que determinan el rumbo. La protagonista que narra su historia desde un punto en el que su vida está compuesta por unas “tardes vacías”, en las que es inevitable preguntarse por el aspecto que tendrían actualmente sus tardes si las cosas fueran de otro modo.

El segundo relato es el más intenso de los tres, debido en gran parte al prometedor perfil de la protagonista: se trata de una chica que se fuga del internado, que nunca ha conocido el amor de una familia y que tiene un trauma por la ausencia de la figura paterna. Confiesa que “era el verano de mis diecisiete años”, un momento marcado por la incertidumbre, en el que “ya se había acabado para mí esa temporada en que todo está en el aire, en que estás en las lindes de todo, un poco como en una sala de espera”. Independientemente de las circunstancias personales del público lector, se crea un vínculo de empatía con la protagonista a través de la sensación de inseguridad, soledad y por ende- de debilidad humana. Y es la empatía la que le añade el reconfortante matiz de justicia al trágico final de esta historia.

La tercera y última protagonista llega a la capital francesa desde Londres. Un viaje improvisado, motivado por la amable oferta de un artista de quedarse en su apartamento parisino durante su ausencia. El gratuito alojamiento se encuentra situado cerca de un lugar que marcará la estancia de la joven de un modo aterrador. Mientras su existencia se vuelve insoportable, la protagonista se aferra a la monotonía de los sucesos rutinarios que aseguran que las cosas siguen siendo iguales, o en otras palabras, no empeoran: “Allí en el café, todo se repetía con la exactitud de un sistema de relojería”. En ese momento de inseguridad y soledad, la narradora conoce a un hombre que pertenece a una secta: “le contesté que sí. Para dejar de estar sola, está una dispuesta a lo que sea”. Se trata de una historia que muestra lo influenciable que es una persona sin una identidad definida.

Lo que emerge de las páginas de la obra es lo que caracteriza la creación literaria de Modiano: la búsqueda de la identidad, la nostalgia, la memoria. “Para adentrarse en la complejidad de toda la identidad, Modiano ha trabajado duro toda su vida, siempre con el estilo de un investigador privado, de un indagador constante en lo oculto y lo sombrío”,- fue como ha definido esta singular capacidad de recrear un pasado Enrique Vila-Matas en su reportaje sobre la “Trilogía de la Ocupación” de Modiano.

Se han escrito innumerables libros sobre la teoría de la creación literaria con el fin de desvelar el misterio de la construcción de la ficción a partir de una realidad conocida. Sin entrar a valorar el tipo de género literario al que pertenecería, una vida, un pasado no dista demasiado de la ficción literaria- continuamente hacemos uso de expresiones como “pasar página”, “cerrar un capítulo” o poner un “punto y aparte” para referirnos a las situaciones cotidianas. ¿Cómo contaríamos la historia de nuestra vida? Suponiendo que a posteriori no todos los momentos de una vida tienen el mismo valor, ¿qué es lo que les aporta ese valor añadido para que años después los repasemos en nuestra memoria?

La prosa de Patrick Modiano supone un universo paralelo con personajes muy humanos. El desarrollo de sus vidas hace que nos cuestionemos nuestro propio camino, que nos planteemos qué es lo que nos define e identifica. Me queda aplaudir la acertada comparación con la que la Academia Sueca calificó la creación literaria de este premio Nobel francés: “el Proust de nuestro tiempo”.

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¿Para qué privar de vista a Dice? Reseña de “Matar a un ruiseñor” de Harper Lee

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Sugería Séneca vivir en el desierto a aquel, que no quiera vivir sino entre justos. Ser justo no equivale a ser generoso, ni a ser piadoso; a veces la justicia implica crueldad y entonces, bajo la sarcástica mirada nietzscheana, planteamos preguntas retóricas a nuestras deidades. Emitir juicios acerca de un hecho es cómodo y perversamente placentero cuando no conlleva responsabilidad alguna, cuando se trata de reafirmarse en nuestras propias convicciones y principios vitales.

En Matar a un ruiseñor Harper Lee, como buena estudiante de derecho, desarrolla la problemática de la justicia. A través del personaje de una niña, Jean Louise –Scout para los amigos-, se narra la historia del padre de esta que se dedica a la abogacía y tiene que defender a un hombre de color acusado de violar a una muchacha blanca. El abogado se enfrenta a los habitantes de la población cuyas leyes sociales se rigen por la supremacía racial. Verdad sólo hay una, sin embargo son muchos los intereses personales que participan en la decisión de contarla y, por lo tanto, en actuar de un modo justo. No obstante, el abogado también es padre, y si se persigue vivir en una sociedad honrada y justa es necesario criar a la joven generación según los principios de la honradez y de la justicia.

La narración retrospectiva no deja lugar a dudas respecto a la suerte de los personajes principales, sin embargo la secuencia de los acontecimientos finales desafía incluso al más atento de los lectores. Se trata de un argumento que abarca varios años, a lo largo de los cuales se forma la personalidad de los niños protagonistas. Estos años sirven para presentar al lector el ambiente de la población desde todas las perspectivas posibles: las leyes no escritas por las que se rige la comunidad y las peculiaridades que hacen que los habitantes sean de una manera determinada. Por lo tanto, cuando llega el momento del juicio el lector ya forma parte de esta comunidad y está perfectamente capacitado para realizar conclusiones en base a los hechos presentados. La profundidad psicológica de los personajes contribuye a desdibujar los límites entre lo bueno y lo malo, ya que una acción se realiza en función de las circunstancias que condicionan al actante.

La historia del juicio, contada desde la perspectiva de la inocencia infantil que no se rige por comportamientos hipócritas, pone de manifiesto la doble cara que adquiere la verdad según pasan los años. Con la cita de Charles Lamb  -“Los abogados, supongo, también fueron niños alguna vez”- Harper Lee deja patente la problemática del proceso de la madurez incluso antes de comenzar la narración. Para sobrevivir en la sociedad debemos adoptar una serie de conductas llamadas “políticamente correctas”, sin embargo ¿es posible ser políticamente correctos sin traicionar nuestros principios morales? La inocencia se convierte en una característica negativa, y por tanto indeseable de la vida adulta.

“Porque sois niños y podéis entenderlo –dijo-, y porque le oí a él. –Señaló a Dill con la cabeza-. Su esencia todavía no se ha pervertido. Cuando sea un poco mayor no sentirá náuseas ni llorará. Quizá le parecerá que las cosas no son… correctas, digamos, pero no llorará, no cuando tenga unos cuantos años más. […] Llorar por el infierno que las personas hacen vivir a otras personas… sin pensarlo siquiera. Llorar por el infierno que los blancos hacen vivir a los de color, sin pensar que también son personas.” (capítulo 20)

¿Realmente necesitamos deshacernos de la inocencia con el fin de prepararnos para la vida adulta? Sí, la sociedad también tiene un nombre para esta terrible acción: madurar. Con el paso de los años las circunstancias se adueñan de las vidas adultas y no es libre sino aquel, que no tiene nada que perder. ¿No sería más fácil no adquirir aquello que complica nuestra existencia? ¿Hay algo más valioso que tener un criterio propio y ser capaz de defenderlo? Aplaudo la capacidad de observación que ha tenido Michel Foucault al alertarnos sobre un “aparato de producción” al que se sujeta a aquellos a los que se educa –los niños y los presos principalmente- con la finalidad de ejercer sobre ellos un control absoluto.

A pesar de haber sido publicada por primera vez en 1960, la obra presenta muchos de los motivos literarios propios del realismo decimonónico: el determinismo, que destaca la importancia de las circunstancias sociales que condicionan el crecimiento personal de los personajes; la hipocresía de un ambiente de provincias, así como la defensa de la sociedad contra el elemento diferente. El motivo de la diferencia de clases sitúa la novela en la línea temática de Uncle Tom´s Cabin (La cabaña del Tío Tom) de Harriet Beecher Stowe, Записки охотника (Memorias de un cazador) de Iván Turguénev o la más reciente The Help (Criadas y señoras) de Kathryn Stockett.

La otredad es tratada no solamente a través de la cuestión de la supremacía racial, sino también de la supremacía social que se ejerce sobre el personaje de Arthur Radley en cuanto a su interacción con el entorno. La defensa de la sociedad contra lo ajeno, la dificultad de admitir lo que es diferente ha sido estudiado por la antropología y algunas ramas de psicología, aparece en numerosas obras literarias de siglo XIX y XX. En Tótem y tabú Sigmund Freud cita a Northcote W. Thomas para definir la palabra tabú como “a) el carácter sagrado (o impuro) de personas u objetos; b) la naturaleza de la prohibición que de este carácter emana, y c) la consagración (o impurificación) resultante de la violación misma” (Freud, 2011:32). En cuanto a las seis finalidades del tabú, las acciones que figuran son: en cuatro ocasiones se trata de “proteger”, y en las restantes- “preservar” y “precaver” (Freud, 2011:33), ya que “el hombre que ha infringido un tabú se hace tabú, a su vez, porque posee la facultad peligrosa de incitar a los demás a seguir su ejemplo” (Freud, 2011:50). De esta manera el lector se convierte en testigo de cómo con el fin de proporcionarse una posición superior se produce la creación de una identidad por oposición. Estamos ante una sociedad que se autodefine como buena por oposición a un constructo que es interiorizado como “malo” dentro del imaginario colectivo.

Matar a un ruiseñor invita a una reflexión sobre la justicia, convirtiéndose en lectura obligatoria para los estudiantes de derecho y los padres, ya que son los responsables de mejorar la sociedad. Y por muy injusta que puede parecer la existencia, debemos retener las palabras del sabio Lincoln: “la probabilidad de perder en la lucha no debe disuadirnos de apoyar una causa que creemos que es justa”.

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¿Dónde está la verdad?: cuestionando la realidad en “Consumidos” de David Cronenberg

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“Decidme la verdad, ¿aún estamos en el juego?” le preguntaba a Allegra Geller y a Ted Pikul uno de los integrantes del grupo encargado de probar “eXistenZ”, un juego de realidad virtual. El juego, que da nombre a la película de autoría del cineasta David Cronenberg, presagia una realidad objetiva y cada vez más cercana- los jugadores se conectan a unas vainas con el fin de vivir experiencias y realidades subjetivas que no están a su alcance. Una obra visionaria, al igual que lo fue R.U.R. De Karel Capek o “Matrix” de los hermanos Wachowski. Pasada una década desde el estreno de “eXistenZ”,  el reputado e identificable director Cronenberg debuta como escritor con Consumidos (Anagrama, 2016).

La historia de Consumidos se desarrolla en torno a una investigación, derivada del hallazgo del descuartizado cuerpo de Célestine Arosteguy. Célestine, junto con su marido Aristide formaban una pareja de la élite intelectual francesa: la filosofía arosteguiana, estrechamente relacionada con el marxismo y el consumismo, abunda en planteamientos tan transgresores e interesantes, que lamenté que sea ficticia. A medida que transcurre la trama, el lector, como si se hubiese conectado a una vaina que transporta a una realidad alternativa, toma parte en la investigación. Las pistas no son explícitas, los acontecimientos- muchas veces impredecibles. Según se adentra en la lectura, crece la sensación de empatía con los personajes principales, cuya personalidad se va delimitando página tras página.

Si estamos ante un buen libro escrito por un cineasta, ¿es posible que la diferencia entre dirigir una película y escribir una novela no sea tan abismal? ¿Estamos ante un “todo vale” en la producción artística? ¿Puede un lector de Cronenberg abstraerse de su renombrada autoría? Para mi vergüenza debo reconocer que mi primer contacto con este autor canadiense ha sido precisamente literario: el interés por su filmografía ha sido posterior. Y ya desde el orgullo admito que se trata de una experiencia muy enriquecedora: existen directores, existen escritores, y luego existen los artistas. Son estos últimos los que disponen del poder de creación de mundos y de emocionar o angustiar incluso hasta que el receptor somatice la sensación físicamente. La producción artística de Cronenberg lo hace. Desde las primeras páginas asombra la atención y el cuidado puestos en las descripciones, la abundancia de los detalles presenta ante el lector una realidad verosímil. Son sobre todo términos y objetos tecnológicos como ordenadores y cámaras de fotos los que compiten por el protagonismo con sus usuarios. Y estoy firmemente convencida de que si existiera una corriente literaria llamada “Naturalismo posmoderno”, -con el permiso de Zola y Eco-, Consumidos sería su obra paradigmática.

La impronta estilística de Cronenberg es fácilmente identificable: la exploración psicológica del individuo, el contraste de la realidad objetiva y la subjetiva, la alteración y el horror corporal-  el artista es fiel a su temática predilecta. Especial interés presentan cuestiones de problemática tan actual como lo son las funciones multitarea, la dependencia tecnológica, la apotemnofilia o la eutanasia. Los acontecimientos están dispuestos de tal manera, que la conciencia lectora cae rendida ante el ansia sensacionalista que consume al Mundo.  La realidad objetiva y la realidad virtual pierden la nitidez  de sus límites y se saturan al puro estilo de “eXistenZ”: la realidad subjetiva cada vez es más perfecta y los criterios para distinguirla son ambiguos. Resulta completamente transgresor el planteamiento y la solución que ofrece el autor sobre la conexión entre cuerpo y realidad. El personaje de Célestine encarna la frágil seguridad de la acción de ser en el tiempo y el espacio: ¿somos el significado o el significante?

En definitiva, Consumidos no es una lectura condicionada por la producción cinematográfica de su autor- tiene fuerza suficiente para una existencia autónoma. Intensa, transgresora, con matices de angustia, la impresión que causa no dejará indiferente al lector. Me gustaría hacer hincapié en un factor casi mágico para los conocedores y seguidores de la filmografía de David Cronenberg: Consumidos hace posible la experiencia de reproducir el mundo alternativo de Cronenberg a partir de su texto. La experiencia de dirigir la cámara, seleccionando enfoques y encuadres, siendo partícipe del acto creador.

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Reseña de “La guerra no tiene rostro de mujer” de Svetlana Alexiévich

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El pasado año 2015 permanecerá en la memoria de muchos como un año fuertemente marcado por ataques terroristas, atentados y desequilibrios financieros. La profunda crisis moral en la que se encuentra sumida la Humanidad deja de manera constante en las noticias las huellas de sus pasos por el mundo. La vulnerable felicidad humana, falsamente ligada a la producción de beneficios sin reparar en las consecuencias, clama una revisión de valores.

En este contexto se le concedía el Premio Nobel de Literatura a Svetlana Alexiévich por “sus escritos polifónicos, un monumento al sufrimiento y al coraje en nuestro tiempo”. Se trata de una producción que se define como “novela colectiva” y cuya dominante temática es la guerra. Una importante cantidad de testimonios de aquellos, que vivieron la Historia, nombres y apellidos de personas a las que estamos más acostumbrados a ver de forma numérica. Sin embargo, la novedad trae consigo la polémica: la producción literaria galardonada, en gran parte, es una recopilación de entrevistas realizadas por Alexiévich.

Es el caso de La guerra no tiene rostro de mujer, editada en español en 2015 y escrita en la década de 1980. El título de la obra es un eco intertextual de una cita de la novela La guerra bajo los tejados (Vojná pod krýshami) de Ales Adámovich: “La guerra no tiene rostro de mujer. Sin embargo nada ha calado en la memoria de una forma tan fuerte, dura, terrible y hermosa como los rostros de nuestras madres” (traducción propia). Efectivamente, en el imaginario colectivo la guerra está formada por soldados bajo el fuego enemigo y sus madres consumidas por el sufrimiento en la distancia. Por ser una imagen estereotipada no deja de ser realista, no obstante, ¿qué ocurre cuando el soldado acaba herido o muere en el frente? Svetlana Alexiévich recoge los testimonios de las mujeres que participaron en la Segunda Guerra Mundial: enfermeras, lavanderas, cocineras pero también francotiradoras, soldados, ingenieras, mecánicas y zapadoras. Las historias femeninas del bando soviético distan mucho de la Historia contada por los hombres- aquella versión heroica que hacía los coros en los panegíricos al Tirano. Nos encontramos ante la parte más humana y misericordiosa de la guerra, que no por ello es menos valiente. Porque hace falta mucho valor para no desprenderse de los sentimientos que nos hacen humanos en una situación de guerra, en la que se borra la frontera que separa lo bueno de lo malo. En el caso de la obra de Alexiévich la temática bélica encierra cuestiones como la pérdida de la belleza femenina durante el combate, una juventud marcada por la guerra o el alto precio de la Victoria. La altivez del sistema soviético que pone en duda La guerra no tiene rostro de mujer ha sido también tratada en la misma década de 1980 por Grossman en Vida y destino (1985), dos lecturas singulares, que no únicas, que plantean la semejanza de dos regímenes totalitarios: el nazismo y el estalinismo.

La polémica que acompañó la concesión del Premio Nobel de Literatura se debe principalmente a la forma de la producción literaria de Alexiévich. Se trata de los testimonios sin un orden cronológico, ordenados por bloques relativos a una temática. Estos bloques están acompañados por los propios textos-monólogos de Alexiévich, en la mayoría de los casos son pequeños prólogos cuya reflexión está relacionada con la temática del bloque o con las historias de las entrevistadas. Por último, la obra cuenta con un índice que, según mi punto de vista es un interesante metatexto: los títulos de los bloques seccionados contienen palabras que el lector encontrará dentro de los testimonios, resaltando de esta manera lo más llamativo de cada relato.

Sin embargo, es importante tener presente el contenido: nos encontramos ante una obra que refleja las consecuencias de una guerra, de un sistema totalitario –El fin del “Homo sovieticus”– así como las consecuencias del uso excesivo de la tecnología –Las voces de Chernóbil-: en todos los casos se trata de resultados catastróficos. Tampoco nos olvidemos del contexto en el que la periodista realizaba viajes por la Unión Soviética para reunir unos testimonios nada halagadores para el Sistema.

En definitiva, me gustaría pensar que cuando una obra –o una producción literaria- recibe un galardón como lo es el Premio Nobel de Literatura, pasa a un nivel de en el que se valora el mérito y la maestría del autor. Y digo que me gustaría porque reconozco que, a veces, padezco de la ingenuidad de pensar que un Premio Nobel se concede primordialmente por causas literarias. En el caso de la poética de Svetlana Alexiévich en general, como de La guerra no tiene rostro de mujer en particular, es probable que la concesión del Premio haya puesto en entredicho el mérito en cuanto a la maestría de la autora. Sin embargo, quiero reivindicar que una obra literaria tiene derecho de ser leída fuera del contexto de un Premio Nobel, sobre todo cuando a su publicación y a la concesión del mismo las separan treinta años. Porque más asombrosa que la razón de la concesión del Premio es la actualidad de la que goza la problemática que plantea el conjunto de la obra de Alexiévich.

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