La otra vida de Bolaño: reseña de “Los detectives salvajes”

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«Déjenlo todo, nuevamente láncese a los caminos.»

Roberto Bolaño, primer manifiesto infrarrealista. México, 1976.

Hay escritores, cuya vida y obra son inseparables. Es imposible entender la una sin la otra, los límites entre la realidad y la ficción se difuminan, cediendo al escritor todo el poder sobre su verdad. Roberto Bolaño es uno de esos escritores prodigiosos, cuya pluma suple las carencias espacio temporales de esta vida para brindar una coexistencia de hechos posibles. ¿Alguna vez se han preguntado cómo sería su vida si las circunstancias fueran favorables para haber tomado otro camino?

Publicada en el año 1998, Los detectives salvajes ha sido alabada por numerosos críticos y teóricos de la literatura. El día 2 de noviembre de 1998, un jurado compuesto por Salvador Clotas, Juan Cueto, Paloma Díaz-Mas, Luis Goytisolo, Esther Tusquets y el editor Jorge Herralde, otorgó el XVI Premio Herralde de Novela, por unanimidad, a Los detectives salvajes. De esta manera, Roberto Bolaño se convertía en el primer escritor chileno en ser galardonado con el prestigioso premio.

En Los detectives salvajes Bolaño ficciona su propia existencia. A lo largo de seiscientas páginas, junto con su amigo, el poeta mexicano Mario Santiago Papasquiaro, el autor recorre el planeta en busca de una misteriosa escritora desaparecida. Los protagonistas, Arturo Belano (el alter ego literario de Roberto Bolaño) y Ulises Lima (Mario Santiago Papasquiaro) descubren un poema, el único poema publicado de Césara Tinajero. Como resultado de esta enigmática obra surge un movimiento poético vanguardista llamado realismo viscelar, cuya principal característica consiste en “la desconexión transitoria con cierto tipo de realidad”. La búsqueda emprendida por Belano y Lima ocupa el último cuarto del siglo XX, es una búsqueda que abunda en viajes, sueños, frustraciones, en amores y desamores. La historia de Los detectives salvajes está impregnada con un halo bohemio tan característico de aquella época, en la que se desarrollan las aventuras y las desventuras de dos literatos en el “furibundo y moribundo país de las letras”.

Los detectives salvajes es una obra que transgrede no sólo las fronteras realidad-ficción, sino también aquellas que convencionalmente delimitan los géneros literarios. En ella hay una simbiosis de los componentes de una novela policíaca, de una crónica, un thriller. Se trata de una narrativa fragmentaria, y a la que el crítico Masoliver Ródenas sitúa en la misma línea cultivada por Cervantes y James Joyce. Estructurada en tres partes, en la primera y la tercera el lector se sumergirá en el diario fechado en los años 1975 y 1976 escrito por Juan García Madero, huérfano de 17 años, estudiante de derecho y poeta. Este joven conoce a Arturo Belano y a Ulises Lima y se une al movimiento real visceralista y, colateralmente, a la búsqueda de la escritora Cesárea Tinajero. Esta búsqueda comienza de manera fortuita, ya que los protagonistas se ven obligados a huir de una casa custodiada por pistoleros, y emprenden un viaje por el desierto de Sonora en un Chevrolet Impala.

La segunda parte, la más extensa y quizás la más confusa de Los detectives salvajes, es una recopilación de testimonios en primera persona de 52 personajes. Los testimonios pertenecen a aquellos que conocieron a Belano y Lima durante los años comprendidos entre 1976 y 1996. Si en una primera instancia la estructura narrativa puede resultar algo confusa, sin duda acaba siendo la más interesante. Los testimonios sobre el peregrinaje de los protagonistas son contados desde la perspectiva de cada uno de los entrevistados, relatando, sin poder evitarlo, su propia vida y sus propias inquietudes. En otras palabras, Bolaño nos regala aquellas partes de una historia que normalmente son omitidas en favor a la trama argumental principal. Es una labor en la que probablemente otro escritor fracasaría, ya que el lenguaje de los 52 personajes es tan característico, que es posible identificar el testimonio con el entrevistado sin la necesidad de comprobar su autoría.

Ya he mencionado que Los detectives salvajes es una obra transgresora, una de las más transgresoras que he leído. Y mientras rompe en pedazos lo establecido, paradójicamente o no, su tema central es la búsqueda, “la desgarradora búsqueda de una generación, la suya [la de Bolaño], que ha estado buscando en el vacío y que, en un país sin futuro, sólo parece encontrar respuesta en un pasado ya perdido”, afirma Masoliver Ródenas. El deambular sin rumbo es una ilusión, lo que se persigue es encontrar respuestas, una identidad. En Los detectives salvajes esta identidad es una corriente llamada realismo viscelar, que se vincula con el Infrarrealismo- movimiento poético originado en México D. F. en el año 1975, entre cuyos fundadores se encuentran Roberto Bolaño y Mario Santiago Papasquiaro.

En definitiva, Roberto Bolaño ha obsequiado al mundo con una obra compleja y muy bella. El juego de realidad-ficción es asombroso, estamos ante una historia ficticia basada en los hechos reales de la vida de Bolaño y su amigo Papasquiaro. Llena de reflexiones filosóficas y momentos trágico-cómicos, durante la búsqueda narrada en Los detectives salvajes el lector acompañará a los protagonistas en unas aventuras que no le dejarán indiferente.

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