La versión soviética de BLACK MIRROR

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En el año 1516 Tomás Moro describió una isla imaginaria con un sistema político, social y legal perfecto, y la denominó Utopia. No ha sido el único en emprender este entretenido ejercicio- en La República de Platón e incluso en Gilgamesh, la obra literaria más antigua del mundo, podemos encontrar alusiones a una sociedad ideal. Dejando a un lado cuestiones de raigambre metafísica que indagan sobre la naturaleza del ideal buscado, es necesario reconocer que la persecución de una mejoría es nuestra condición natural. Al igual que lo es aventurarse en dicha búsqueda en los momentos de dificultad.

Uno de los autores que trató de pintar una sociedad utópica es el ruso Andréi Platónov en su obra Chevengur. Se desconoce la fecha exacta en la que fue escrita, no obstante, podemos atenernos al año 1927 en el que fue fechada por la editorial moscovita Sovremiénnik. Sin embargo, por motivos de la censura tardó 60 años en publicarse de forma íntegra en la URSS.

Es bien sabido, pero conviene recordar que toda la producción literaria oficial era controlada tanto en la elaboración como en la venta, llevando a cabo la noble idea de Lenin de hacer llegar la literatura a todos los estratos sociales, pasando ésta a formar parte del mecanismo de edificación del socialismo. De esta manera, la literatura era un camino para implantar una ideología determinada, una ideología que los escritores comunicaban a los lectores a través de sus obras e historias, cuyos protagonistas eran hombres corrientes con grandes virtudes. Estos protagonistas tenían como objetivo reconstruir el país, por lo que al implantarse la Nueva Política Económica (NEP) en 1921, las artes pasaron a formar parte de la cultura proletaria. Muchos escritores, entre ellos Andréi Platónov, de una manera u otra mostraron su descontento con esta situación de un silencio impuesto.

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Andréi Platónov, Voronezh, 1922

Andréi Platónov es uno de los escritores que mejor ejemplifica el atrevimiento de retar al gobierno soviético. En los manuales de literatura rusa se puede encontrar sobre todo la información sobre su actividad literaria hasta el año 1929- la época en la que escribió Chevengur-. A partir de 1929 Platónov publica Makar el que dudó y Buen provecho, dos obras que recibieron duras críticas de Stalin, quien divisó en ellas dudas en la colectivización, y por lo tanto privó al escritor del derecho de publicar. Sin embargo, Vitali Shentalinski, quien tuvo acceso a los archivos literarios de la KGB en Lubianka, aporta a los curiosos algo más de información. En Esclavos de la libertad afirma que Platónov no sólo ha sido víctima de represalias, sino que también la KGB tenía un archivo con los manuscritos del autor. El periodista supone que el expediente ha sido creado con el objetivo de reunir información contra un enemigo del pueblo más y desnudar su ser antisoviético y contrarrevolucionario- dos etiquetas que se consideraban fatales en ese momento. No obstante, en los textos de Andréi Platónov no hay ideas propiamente antisoviéticas y con Buen provecho el autor pretendía ayudar a la Revolución.

La fe que tenía Platónov en la causa revolucionaria se vislumbra en Chevengur, una obra creada en base a la idea utópica sobre la existencia de un lugar lejano lleno de felicidad y abundancia. Chevengur es el nombre con el que el escritor bautiza a una ciudad ficticia situada en la estepa rusa, cuyos ciudadanos se dedican a edificar el comunismo. Según los editores de la obra en Cátedra, Chevengur significa «tumba de lapti» (lapti– es una especie de alpargatas de corteza de tilo, trenzada, que usaban los campesinos). Es en esta ciudad en la que Platónov sitúa a los personajes que van y vienen en busca de la dicha, presentando situaciones que sorprenden e incluso escandalizan. La ciudad de Chevengur tiene una importancia abismal dentro de la trama, ya que juega el papel de una especie de Centro, es un espacio sagrado sin construir en el cual, según Mircea Eliade, el hombre no puede vivir. Aquel que pueda acceder al centro, el que sea aceptado allí, entrará, a modo de los primeros cristianos. En la obra, efectivamente, algunos personajes lo consiguen y esa vivencia es planteada desde un enfoque surrealista.

Chevengur es una obra tremendamente transgresora, y como tal ha supuesto un verdadero quebradero de cabeza para los críticos a la hora de catalogarla. Algunos la calificaron como antiutopía social con elementos de sátira, mientras el reputado escritor Máximo Gorki la clasificó dentro de la sátira lírica. En esta creación literaria de Platónov es inmensa la riqueza de la simbología, los arquetipos, la mitología e incluso de los motivos bíblicos y folklóricos. Por muy paradójico que pueda parecer, a pesar de romper los límites de lo establecido como comprobaremos más adelante, Chevengur continúa con la temática literaria tradicional rusa del siglo XIX: aquí está la búsqueda de la verdad de Dostoievski, el paso del tiempo y la soledad de Chéjov y al amor al prójimo de Tolstói.

Lo transgresor de la obra es principalmente el lenguaje, que supone una ruptura con el pasado. El habla de los personajes es espontáneo, siendo la espontaneidad la que determina en ellos un perpetuo estado de descubrimiento del mundo. La semántica de los sustantivos con significado abstracto se modifica para que éstos se tornen en una realidad-objeto. Por ejemplo, en este párrafo podemos verificar que el concepto de la muerte es percibido como algo tangible, como un objeto cuya posesión conlleva ciertos privilegios:

«Estábamos sentados en el campo y llorábamos: ¿para qué seguir vivos si no podíamos…? Entonces el chico me dijo: «Mamá, será mejor que me muera yo solo, me aburro de andar contigo por el largo camino. Siempre lo mismo y lo mismo» -me dijo. Yo le respondí: «Bueno, muérete, a lo mejor entonces también yo me adormeceré contigo.» Se recostó a mi lado, cerró los ojos, pero siguió respirando, estaba vivo y no lograba morir. «No puedo, mamá» -me dijo. «Bueno, ya que no puedes, déjalo –le dije yo-; vamos a caminar despacio otra vez, a lo mejor encontramos algún sitio donde parar.»

Por lo tanto, la prosa en Chevengur es una prosa escrita para un lector nuevo, un lector “dentro del contexto”. El sufrimiento con el que parece que se formulan las frases de su poética refleja el sufrimiento que supone para el lector, para las personas el entender, comprender lo que ocurre en su actualidad más inmediata, la dificultad de aprender a vivir bajo las nuevas ideas.

En definitiva, Chevengur es una obra compleja que se presta a múltiples interpretaciones, posibles lecturas y análisis. Sin embargo, defiendo que su densidad no debe asustar al lector para conocer ese mundo antiutópico- entre sus páginas podemos hallar infinidad de reflexiones actuales hoy en día.

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“La Trinidad” de Andréi Rubliov, Galería Tretiakov, Moscú

Para concluir, aprovechando esta nota que versa sobre el paralelismo ente las épocas, me gustaría llamar su atención sobre la portada de Chevengur en la edición de Cátedra, que no podía haber sido elegida con más acierto. Se trata de “La Trinidad”, – un icono en el que el pintor Andréi Rubliov representó a tres ángeles que, según el relato bíblico, materializan la forma que tomó Dios para aparecer ante Abraham y Sara en Mambré. “La Trinidad” está fechado en el siglo XV- una terrible época para Rusia, llena de sufrimiento y desintegración interna. Con esta imagen en la portada de Chevengur no solo se establece un paralelismo entre el sufrimiento del siglo XV y el del XX, sino que la elaboración de las dos obras -el icono de Rubliov y el texto de Platónov- iba de la mano de la búsqueda de la verdad y de un intento de comprensión de los acontecimientos del momento. Las dos creaciones exigen un acercamiento mesurado en su contemplación y lectura- solo bajo esta condición revelarán sus secretos con todo el esplendor que esconden.

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