Cinco metros cuadrados y seis vidas: reseña de “Mujeres soñaron caballos” de Daniel Veronese

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Como dijo Martin Luther King, el hombre nació en la barbarie, cuando matar a su semejante era una condición normal de la existencia. Se le otorgó una conciencia. Y ahora ha llegado el día en que la violencia hacía otro ser humano debe volverse tan aborrecible como comer la carne de otro.

La violencia y el abuso están muy presentes en nuestro día a día. Están en los hogares, en las calles, la televisión y hasta en nosotros mismos. Daniel Veronese, director de teatro y dramaturgo argentino, trata este tema tan actual con una singular maestría en su obra Mujeres soñaron caballos. Seis personajes, tres matrimonios, tres hombres y tres mujeres reunidos en una cena familiar durante la cual los impulsos interiorizados junto con los demonios domesticados salen al exterior.

La acción de Mujeres soñaron caballos se desarrolla en una sala del pequeño apartamento de Roger y Bettina. Viven en el último piso de un edificio abandonado en ruinas. La obra comienza con Lucera comunicándose con el público. No se trata de una familia que se visita a menudo. Los personajes charlan, intercambian experiencias, algunos van a visitar el edificio, mientras se prepara una cena que nunca será servida.

Los personajes se mueven en un espacio muy reducido, que según Veronese ha sido un desafío para los actores: “…me fui dando cuenta de que no necesitaba el espacio…”. Si tenemos en cuenta que una de las versiones de Veronese Espía a una mujer que se mata (una interpretación muy libre de Tío Vania de Chéjov) fue interpretada en un escenario igual de reducido, podemos decir que esta restricción dramatúrgica resultó muy productiva. Gracias a esto, la forma poética del autor tiene posibilidad de manifestar la relación entre esa prescindencia de gestación de la violencia micro política, que según Enrique Olmos caracteriza la obra.

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Daniel Veronese, 2014

En el espacio patente (5-7m2) chocan los cuerpos y las actitudes de los personajes. Adquiere un cierto grado de simbolización en relación con ese “afuera” que lo moldea. Este fuera/dentro tiene una oposición con inconsciente/consciente, el pasado y el presente. El espacio patente es un espacio psíquico en el que lo reprimido amenaza con retornar y cuestiona el comportamiento de los personajes, revelando sus conflictos y desatando su violencia.

En definitiva, el peso del pasado es tan abrumador que el dramaturgo decide asfixiar a los personajes y entorpecer el movimiento de los actores para subrayar la violencia que subyace en sus vínculos. Existe la imposibilidad de identificación del lector/espectador con ninguno de los personajes, no hay posibilidad de empatía. Son personajes crueles y como mínimo irresponsables en su relación con los otros. De esta forma, se cumple el auto mandamiento de Veronese número 9, que consiste en hacer un teatro más centrífugo. Hay una atracción a la vez que repulsión que ocurre en los personajes entre sí.

La función de la obra no se articula en una sección progresiva que puede guiar al lector/espectador por una visión escalada de la violencia, sino por la acumulación de un conjunto de sucesos dramáticos. En este sentido, Mujeres soñaron caballos es un drama de inacción, hasta que la acción explota con contundente violencia. La estrategia de acumulación de inacción de sucesos dramáticos no articula la obra, sino que la segmenta.

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Daniel Veronese dirige “Mujeres soñaron caballos” en el teatro El Galeón, mayo 2009    
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Daniel Veronese dirige “Mujeres soñaron caballos”, teatro El Galeón, mayo 2009

 

En la obra Mujeres soñaron caballos observamos el enfrentamiento de lógicas masculinas y femeninas, se agrupan en dos series: en los personajes masculinos se observa una tasa menor de las formas no marcadas. Se expresan a través de un lenguaje racionalista, por el contrario, el lenguaje de las mujeres es más poético. Así, en el habla femenino hay un alto correlato simbólico. Todo lo que le ocurre a los personajes se refleja en lo valioso que es el lenguaje. Un lenguaje cotidiano que forma unos diálogos en los que predominan las formas coloquiales de un estilo un tanto neutro. Los diálogos parecen cumplir con dos automandamientos de la poética de Veronese: el número 10- crear sectores de emoción indisciplinada que se velen y se desvelen en un furioso oleaje; y el número 27- intertextuar lo lírico y lo dramático.

Gracias a los diálogos, y en especial, a lo que dicen las mujeres, podemos establecer una relación entre “mujeres” y “caballos”. Así, el concepto, la imagen de los caballos remite a la interioridad de los personajes en clave poética, se podría establecer una relación entre los momentos en que cada una de las mujeres de la obra presenta este motivo que se vincula con el título de la obra.

En definitiva, en Mujeres soñaron caballos vemos un claro ejemplo de cómo unas lógicas entrelazadas, unos conflictos irresueltos parcial o falsamente mostrados, la violencia se reflejan a través de los actos más cotidianos.

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