Un clásico renovado: reseña de “El diario de Tita” de Laura Esquivel

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Portada de “El diario de Tita”, Suma de Letras, 2016

Hace 25 años los amantes de la literatura romántica conocían a Tita, la protagonista de Como agua para chocolate de Laura Esquivel. Los amores y los desamores del personaje se han vivido intensamente por los lectores de todo el mundo- la novela ha sido traducida a más de 30 idiomas, además de contar con una versión cinematográfica con una valoración de 7,2/10 en IMBD. Este año 2016 Tita vuelve para conquistar nuestros corazones con El diario de Tita– su versión más personal e íntima de la historia de su vida.

Nos situamos en México de los comienzos del siglo XX. El ambiente revolucionario no solamente se vive a nivel social y político, sino también a nivel personal. La opresión de las tradiciones encarnada en Elena, la madre de Tita, le veta cualquier tipo de relación amorosa, ya que al ser la menor de sus hermanas está obligada a permanecer al servicio de su progenitora. Y como el corazón no entiende de razones, el de Tita ha sido conquistado por Pedro quien, al no poder contraer matrimonio con la joven, encuentra una controvertida solución. Se casa con la hermana de esta- Rosaura- con la finalidad de mantener el contacto con su amada. Esta decisión amenaza con traer consigo todo tipo de entramados de relaciones familiares y un triángulo amoroso que no tardará en dar un giro inesperado. ¿Se resignará Tita a cumplir con su destino para conservar el favor de su madre? ¿O por el contrario se rebelará contra la tradición familiar?

La estructura de diario favorece al cultivo del género de la novela romántica, proporcionando la sensación de cercanía e intimidad. Escrito en primera persona, la historia se interpreta desde el punto de vista de Tita, la narradora. Sin embargo, Laura Esquivel no ha descuidado la presencia de otros personajes dela novela: la acción de éstos no se limita a su implicación en la vida de Tita. El diario cuenta con algunas cartas y postales recibidas por la joven, y que ésta ha decidido conservar.

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Interior de “El diario de Tita”, Suma de Letras, 2016

Especial mención merece Jordi Castells, el diseñador de la cubierta e interiores por acompañar la lectura con el halo de misterio que envuelve al lector de un diario real. La letra cursiva borra la distancia entre el narrador y el lector, la presencia de fotografías, dibujos y flores secas le añade un importante aspecto de verosimilitud y un placer estético inmenso. La edición es una joya con seguridad concebida para el formato físico, que además cuenta con la acreditación de Greenpeace.

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Interior de “El diario de Tita”, Suma de Letras, 2016

Es importante señalar, que El diario de Tita y Como agua para chocolate son dos obras independientes en su lectura, no se trata de una continuación de la historia, sino de la historia contada desde el enfoque personal de Tita. La renovación de la obra ha permitido pulir los puntos débiles que los críticos han encontrado en Como agua para chocolate como, por ejemplo, la excesiva recurrencia a determinados motivos literarios. No obstante, la historia ha conservado su peculiaridad, no solamente en lo que se refiere al género de la novela romántica, sino también en cuanto a la corriente del realismo mágico. Impregnada de simbología y metáforas, El diario de Tita es una oda a la gastronomía mexicana. Las recetas culinarias se mezclan con las vivencias de la protagonista, fusionando lo culinario con lo erótico.

Al cocinar, las emociones de Tita se trasladan a la comida: “Desde hace tiempo que estoy consciente de que la energía tiene influencia en los alimentos”- apunta. Esta creencia de que el inconsciente se manifiesta a través de los alimentos y su preparación le aporta a la personalidad de la cocinera un matiz de chamana o curandera: “Yo de inmediato me atribuí su muerte, ya que durante la última semana había estado cocinando muy pero muy enojada con ella y de seguro los alimentos que le preparé debían de haber ido cargados de una energía maligna que no pude controlar y que la afectó tanto que la condujo a la muerte.”.

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Interior de “El diario de Tita”, Suma de Letras, 2016

El motivo literario de la lucha de progresismo y el conservadurismo tan presente en la producción literaria del XIX y del XX también tiene cabida en esta novela. El ambiente opresivo de la casa en El diario de Tita es comparable a La casa de Bernarda Alba de Federico García Lorca. Si en un principio la represión de la mujer se debía a la tradición, posteriormente son las propias protagonistas las que optan por un sacrificio personal: “Repetimos actos sin tener mucha conciencia de ello, que luego se convierten en tradición”- reflexiona la narradora. En el caso de la novela mexicana, la revolución contra las tradiciones obsoletas se realiza desde la cocina, desde el corazón de la casa. La evolución hacia una mayor tolerancia se realiza de manera paralela a la innovación en algunas recetas culinarias, subrayando el fuerte nexo que existe entre el espíritu y los alimentos.

En definitiva, El diario de Tita es una novela que realza valores con el respeto a las tradiciones, el apoyo de la familia y la primacía de lo espiritual sobre lo físico. Tanto la historia como el diseño del libro hacen que el lector casi llegue a saborear los platos y percibir su olor, trasladándose a un rancho mexicano de comienzos del siglo XX.

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El descubrimiento editorial del año: reseña de “Cosas que brillan cuando están rotas” de Nuria Labari

img_20160825_193507“Es mentira: la realidad no supera la ficción. Necesitamos la ficción para superar la realidad. El 11 de marzo de 2004 Madrid sufrió un ataque terrorista y 190 personas saltaron por los aires en trenes de cercanías. Diez minutos después de que las bombas estallaran, sonó mi móvil. Entonces yo tenía veinticuatro años.” Así comienza Cosas que brillan cuando están rotas (Círculo de Tiza, 2016) de Nuria Labari.

La autora trabajó durante cuatro años como periodista en el equipo de especiales de elmundo.es, y en los momentos posteriores a la tragedia ha estado en el epicentro de los sucesos, llegando a entrevistar a la familia de los acusados de los atentados. Doce años después Labari irrumpe en nuestra conciencia para dialogar sobre las fortalezas y debilidades del ser humano.

Tras un tiempo de crisis en su matrimonio, y sin previo aviso, Eric decide marcharse a Berlín con su hija adolescente. Al día siguiente se producen los ataques terroristas en Madrid. Eva, la esposa de Eric es la periodista encargada de cubrir los sucesos de horror y dolor nacional en un momento personal extremadamente delicado. Los días siguientes a la tragedia la familia reflexiona sobre su futuro en medio del caos, el miedo y la distancia. ¿Podrán superar con éxito la difícil situación familiar? ¿O por el contrario abandonarán la esperanza de forjar un futuro juntos? ¿Qué papel jugarán los atentados en la toma de la decisión? ¿Será ésta de mutuo acuerdo?

Gracias a que la historia es narrada por los tres miembros de la familia, el lector se convierte en el testigo directo de las emociones y en el cómplice de los pensamientos de los personajes. Por una parte, la fragilidad del núcleo familiar es vivida por Eva en Madrid: la estación de Atocha, la morgue, el Ifema y el hogar vacío. Por otra, Eric y la hija de ambos pasan los siguientes días en una habitación de hotel, visitan el campo de concentración de Schasenhausen, el museo judío y el Reichstag. Estos espacios cargados de emociones y nutridos de terror son el terreno ideal para que germinen los sentimientos y miedos individuales. El ser humano se descubre con sus debilidades y fortalezas, desnudo ante el abismo.

La novela Cosas que brillan cuando están rotas está en la línea de aquellas obras que surgieron como respuesta a los acontecimientos modernistas y que exigen tanto la atención de los críticos y teóricos de la literatura, como de la conciencia de la sociedad. Si en Estados Unidos el horror del 11-S se plasmó en la literatura por Ian McEwan o Don Lelillo entre otros, el panorama de la literatura española no contaba hasta ahora con una respuesta a la tragedia.

Nuria Labari reflexiona sobre lo ocurrido, y lo hace con un admirable sentido de responsabilidad y ética. Es tremendamente complejo y arriesgado ficcionalizar los hechos del 11-M, y me resulta difícil imaginar una respuesta literaria más adecuada que Cosas que brillan cuando están rotas. Bien es cierto que han pasado doce años desde la tragedia, sin embargo, en mi humilde opinión, un responsable ejercicio de ficción exige una distancia temporal. Y volver a vivir una experiencia traumática desde cierta distancia puede ayudar a superarla.

El magistral enfoque con el que está planteado el desarrollo paralelo de la tragedia actual (el 11-M) y de la tragedia de antaño (los excesos de la Segunda Guerra Mundial) nos invita a reflexionar sobre la capacidad del ser humano de aprender del pasado. El lector recorre la exposición de los objetos personales de los presos de los campos de concentración, para inmediatamente después trasladarse al recinto de Ifema en el que están expuestos los objetos de las víctimas de los atentados para su identificación. “Los objetos que tienen pegada nuestra experiencia y nuestro tiempo”, en palabras de la protagonista, y que nos definen –añadiría yo- son los que quedan cuando nos marchamos. Y si polvo somos y en polvo nos convertiremos, son nuestros objetos y acciones los que contarán nuestra historia cuando ya no lo podamos hacer nosotros.

Está muy presente el tema de la necesidad de fijar la memoria, convirtiendo los objetos en recuerdos y almacenarlos. ¿Qué magnitudes tiene que alcanzar una tragedia para que se les dedique un museo a las víctimas? Y como si de dos caras de una macabra moneda se tratara, por una parte contabilizar a las víctimas puede suponer la pérdida de sus identidades, y por otra está el acto de la unión de una nación ante el horror. El dolor es parte de nosotros, y nada nos deshumaniza tanto como el intento de ignorarlo. Por lo tanto, resulta muy oportuna la reflexión que hace Labari sobre la inmediatez de la información en los medios de comunicación. El paso del tiempo vuelve obsoleta la información, pero la rapidez de la transmisión puede conducir a la insensibilización de la sociedad.

Se trata de una obra brillante, y no precisamente porque esté rota: sin una sola escena prescindible, el conjunto de los personajes, los diálogos e incluso los silencios componen una novela impecable. El realismo de la narración transporta al lector al epicentro de la tragedia. Y una vez desprovisto de la superficialidad, éste es capaz de plantear cuestiones trascendentales, de las que se huye con tanta prisa en busca de la diversión.

Sin embargo, la auténtica diversión no tiene cabida sin la felicidad y ésta, por ende, es impensable en un mundo en el que los ataques terroristas están a la orden del día. En definitiva, hago mías las palabras de uno de los personajes de la obra: “De alguna manera, nuestro silencio sí tiene que ver [con lo que ocurre]. Apartar la mirada sí tiene que ver.”