La guerra y sus demonios: un recorrido por los infiernos soviéticos de la mano de Solzhenitsyn

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Aleksandr Solzhenitsyn (Fuente: Wikipedia)

I

La tragedia colectiva de una Europa que a lo largo del siglo XX se ha desangrado en las luchas fratricidas más brutales de toda la historia de la humanidad ha sido tratada de múltiples formas. Esta tragedia como una consecuencia de las mismas experiencias históricas encuentra su mejor reflejo en las literaturas eslavas y obras que son puros testimonios de los excesos de regímenes totalitarios. Se puede establecer un paralelismo entre la literatura carcelaria de la época con los campos zaristas. La dimensión épica de la Segunda Guerra Mundial renueva el realismo socialista ruso. El tema literario compuesto por dos aspectos –el heroísmo y el carácter nacionalista que se aplica para legitimar a los héroes de la guerra- permite una renovación en la que encontramos a A. Solzhenitsyn y a V. Grossman. Estos escritores, escribiendo en la estética del realismo socialista con elaboración personal, desmitifican algunos aspectos de la Segunda Guerra Mundial y la política del partido comunista. Desde su propia experiencia denuncian los excesos y las injusticias a las que ha sido sometida gran parte de la población.

Aleksandr Solzhenitsyn, condenado a ocho años de trabajos forzados por una carta en la que hizo una referencia a Stalin no demasiado aduladora, relata su experiencia en Un día en la vida de Ivan Denísovich. Para con su trayectoria de escritor es su obra central, a pesar de no ser la más conocida.

El escritor, al ser detenido, no pudo hacer uso de sus conocimientos científicos debido a que en un campo de trabajo se valoraba mucho más los trabajos manuales. Sin embargo su suerte cambió al rellenar un cuestionario presentado por un oficial de la Administración de Prisioneros. Un cuestionario que ha sido su billete con destino a un establecimiento de investigación en Marfino. Este cambio se produjo en julio de 1946, tras 9 meses de trabajos forzados. El centro de investigación era el sharashka que Solzhenitsyn habría de hacer famoso en El primer círculo. El término “sharashka”, en este caso, es el apodo puesto a los singulares Institutos de Investigación que funcionaban durante el dominio de Stalin. El personal estaba compuesto por presos, siendo manejados estos centros por y para la Policía Secreta. En la obra Gleb Nerzhin, el protagonista principal, es en muchos aspectos un retrato exacto de Solzhenitsyn; y otros protagonistas importantes están basados hasta tal punto en personas reales que lo único que ha hecho el escritor ha sido cambiarles el nombre. Así, Dimitri Sologin es en la vida real un inteligente ingeniero ruso, y Lev Rublin recuerda mucho a Lev Kopelev, un crítico literario que desempeñó un papel sustancial en la carrera del escritor. La obra pone de manifiesto el tema de la integridad moral del hombre frente a los fluidos corruptores del poder. No obstante, después de pasar 3 años en el Instituto, Solzhenitsyn decidió dejar de formar parte de los investigadores, optando por entregarse a los círculos inferiores del Gulag, que es el precio a pagar por  no contribuir con su intelecto a que el “imperio del mal” soviético adquiera aún mayor poder; y así fue trasladado al campo de trabajos en Ekibastuz, que pertenecía a una nueva categoría de campos de trabajo previstos únicamente para presos políticos.

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Foto de Aleksandr Solzhenitsyn en 1953, justo después de su liberación del campo Gulag, en Ekibastuz.

Precisamente en este campo nace Ivan Denísovich, un campesino sin estudios universitarios con un nombre popular, que, junto con su forma de ser, nos remite a la tradición popular rusa. Importante es la ética de trabajo del personaje que se refleja en la construcción de un muro. La idea de no sabotear el trabajo, ambigüedad calculada que permite interpretar el trabajo como que él ha sido una víctima de la política de Stalin. Sin embargo aun así hace todo lo posible para realizar bien el trabajo que le ha sido asignado. Shújov se reeduca a través del trabajo, cumpliendo con la idea y la finalidad del campo. No obstante, la ética del trabajo tiene otro matiz, y es que Solzhenitsyn, al igual que Dostoyevski, opta por la religión ortodoxa, dejando atrás el comunismo, resultado al que le lleva el trabajo. La obra Un día… cuenta con la inspiración en Memorias de una casa muerta de Dostoyevski y Un día en la vida de un hacendado de Lev Tolstoi en cuanto al referente ético. En la obra de Solzhenitsyn observamos una superposición de estructura narrativa y temporal. Así, hay un importante componente autobiográfico a pesar de no estar relatado en primera persona como en el caso de Dostoyevski y Tolstoi. Esto le permite al escritor mezclar el relato autobiográfico y el relato realista, en esta mezcla el narrador se confunde entre el autor y el personaje. La forma de expresarse de Shújov es simple, totalmente contraria a la culta del narrador, con lo cual el estilo lingüístico queda algo indefinido.  Por una parte Solzhenitsyn no pretende que le identifiquen con el personaje principal, sobre el cual vuelca todo el dolor que le ha causado la terrible experiencia. La obra presenta una organización lineal- es un relato panorámico que comprende un día de trabajo. Cuanto más nos adentramos en la obra- más personajes se nos presentan gracias al estilo digresivo- cada uno con una historia y labores propias dentro del campo. El objetivo del autor es retratar toda la vida del campo, intentando causar la impresión de que el campo es Rusia soviética –recurso que no es singular, ya lo vemos en A. Chéjov entre otros-, un imperio sin ley que el escritor compara con la taiga.

A la hora de publicar Un día…, Solzhenitsyn se autocensura, dado que antes no se habían publicado escritos sobre los campos de trabajo. Tampoco la situación política era favorable, es bien conocida la suerte que corrió Doctor Zhivago. No obstante, Tvardovski ha hecho todo lo que estaba a su alcance para presentar al mundo a Ivan Denísovich. La obra publicada suscitó mucho interés entre los lectores soviéticos y ha sido usada por Khrushchev en sus intereses políticos en varias ocasiones.

Cabe destacar el carácter doblemente ejemplar de la recepción de la obra: por una parte de la literatura soviética en occidente, y por otra los límites de recepción de literatura crítica dentro de Rusia soviética, donde tuvo una recepción paradójica. Las mejores críticas han venido de la mano de los críticos marxistas, mientras que las no tan agradables eran presentadas por los críticos más conservadores. Las personas que no tenían relación con los reclusos en los campos de concentración se sintieron ofendidas por su nación, cuyos efectos, si es que existían de hecho, no debían ser presentados con toda la tranquilidad del mundo. Otros lectores estimaban que la novela era un insulto intolerable al nuevo orden socialista del país, del cual se sentían orgullosos de formar parte. Ni que decir sobre las cartas que recibió Solzhenitsyn de los antiguos guardianes, en las que no encontró alusión alguna al arrepentimiento o autojustificación de estos hombres, sino enojadas quejas en el sentido de amenaza para los puntales básicos del querido orden social.

II

Sin embargo, Solzhenitsyn no escribió únicamente prosa. Desde siempre tuvo gran interés por el teatro y cuando Tvardovski tuvo constancia de que el escritor tenía varias obras de teatro completas, entre ellas la comedia La ramera y el inocente, quiso llevarla a la escena. Así, Solzhenitsyn llegó al teatro Sovremennik. Se pensó en lo conveniente que sería que Solzhenitsyn leyera el original a los directores y los actores reunidos. El Inocente es un oficial del Ejército que ha sido condenado por agitación antisoviética y que ha llegado directamente del frente. La Ramera es una mujer de 22 años, hija del granjero desposeído de sus fincas durante la colectivización. El amor entre los dos reclusos enlaza una serie de fragmentos de vida de su campo de trabajo, episodios donde se refleja una cadena de acontecimientos basados en la relación entre ambos. La reacción de los actores, acostumbrados a los dramas, fue romper a llorar después de escuchar el primer acto de la comedia. Solzhenitsyn se sorprendió, alegando a que cuando leía la obra a los antiguos reclusos que conocía no se echaron a llorar, sino a reír. El contraste de reacciones observado por Solzhenitsyn fue una medida de la fuerza dramática de la obra, a la vez que señalaba la separación de percepción de la realidad por los que pasaron por los campos y los que no.

Fueron minuciosas las instrucciones del autor para la puesta en escena. El público tendría que estar sumergido lo más hondamente posible en la atmósfera del campo de concentración. Los espectadores tendrían que contemplar la acción desde detrás de una valla de alambre de espino tendido a lo largo del foso de la orquesta, como si hubiesen llegado hasta el borde del campo. Los guardianes tendrían que andar entre el auditorio, gritando órdenes para despejar el camino. Algunas reseñas sostienen que fue el efecto de este espantoso realismo en los tensos nervios rusos el culpable de que abortara el estreno de la comedia. Según las mismas reseñas, varias personas fueron atacadas de histeria y comenzaron a llorar en el transcurso de una representación previa ofrecida a un auditorio selecto. Y, como resultado de esto, los administradores del teatro –o sus censores- decidieron que los rusos no podían aún enfrentarse con un retrato tan gráfico del reciente pasado.

Probablemente ha sido en vano la intención de Solzhenitsyn de “no exagerar los horrores de la vida de la prisión” y retratar algo mucho más desesperante- la rutina gris de un año tras otro que hace olvidar a uno que está siendo destruida la única vida que se tiene. Es interesante el hecho de que la recepción de la comedia representada no fue la esperada, quizá ni el público ni la época -1962- fueron los adecuados. Sin embargo, en el mismo teatro, en 1989 tuvo gran éxito la puesta en escena de Dentro del torbellino de Yevgenia Ginzburg que trabajó en los campos de concentración. La escritora no rehúye relatar los horrores y su descripción del estado físico de los presos, ofreciendo así una imagen más dura que cualquiera de las relatadas por Solzhenitsyn. En su obra la autora describe a los presos que vio en su campo desde su perspectiva: la de una mujer que trabajaba temporalmente en la cocina. Son memorias de una mujer que lucha por sobrevivir e intenta mantener su dignidad a toda costa.

Por otro lado Los relatos de Kolymá constituyen el contrapunto literario y filosófico a la célebre obra de Solzhenitsyn, una cara muy distinta de una misma realidad. Escenas breves de una densidad narrativa casi insoportable se suceden como el goteo de una conciencia torturada. Shalámov, un hombre que pasará gran parte de su vida recorriendo las islas del archipiélago, nos viene a decir que del Gulag más vale no hablar, que el abismo inhumano del hombre es inenarrable, y no obstante, el testigo y superviviente no puede callar, no puede dejar de vomitar sobre el papel aquello que el hombre vio y experimentó. La experiencia de los campos es ciertamente sólo comparable al infierno, pero de ella no puede salir nada que no sea perverso, más infernal quizá que de lo que cualquier imaginación humana pueda concebir.

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La decepción editorial del año: reseña de “Los abrazos oscuros” de Julia Montejo

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Lo confieso: me apasiona el realismo decimonónico. Voluptuosos libros con largas digresiones y cuya acción está protagonizada por minuciosos detalles.  Pero al igual que intento no abusar del uso y disfrute de mis cosas favoritas, conociendo el peligro que acechan tales actos, me gusta diluir la densa prosa realista-naturalista con pequeñas dosis de literatura de entretenimiento.

Los pilares sobre los que se sostiene la búsqueda de una lectura ligera son comunes para la mayoría de los lectores. Un volumen atractivo, manejable, con letras grandes, frases cortas y una historia interesante y dinámica. El ejemplar de Los abrazos oscuros (Lumen, 2016) que llamó mi atención por su bella portada parecía cumplir con los requisitos, es más, estaba firmado por una escritora española.

Lamentablemente, la decepción que llegó pasadas las primeras 30 páginas fue en aumento según avanzaba en la lectura. Y es que me parecen más verosímiles los mundos de fantasía que la trama narrativa de Los abrazos oscuros. Julia Montejo nos presenta la historia de Virginia, una mujer de 40 años con una vida personal y laboral envidiable. Sin embargo, un nuevo contacto profesional la obliga a replantearse sus logros y su identidad, llevándola a sus orígenes para descubrir que todo acto tiene su consecuencia. Capítulo tras capítulo, el pacto de ficción se desvanece a medida que la trama se llena de sucesos forzados. La proyección de los personajes no se corresponde con la posición social ni moral que ocupan. La madurez de los protagonistas de la novela –Virginia y Daniel- queda muy por debajo de los protagonistas más jóvenes de series adolescentes creadas por Federico Moccia, Stephenie Mayer o Cecily von Ziegesar.

No obstante, en esta historia insostenible protagonizada por unos caracteres superficiales con una personalidad indefinida, con algo de esfuerzo encontré un tema asaz interesante. Fue muy grato descubrir el planteamiento de la personalidad como un constructo temporal y social. ¿Qué hace que seamos de una manera u otra? ¿Qué nos define? No somos seres estáticos con ideas y objetivos establecidos desde la cuna, al elegir un camino muchas veces olvidamos que rechazamos otro. ¿Qué hacer cuando nos damos cuenta de que el coste de oportunidad ha sido demasiado elevado? Virginia, la protagonista, opta por volver a ser la persona que era antes de tomar caminos, cuyos destinos no la satisfacen. Conocer su verdadero yo también puede llevar a descubrir las motivaciones ocultas de dejar de formar parte de una vida perfecta.

Este destello de un tema tan actual como el de la formación y la deformación de la personalidad podía haber inundado de brillantez esta novela. Superada la primera parte (el libro está compuesto por tres en total), no me abandonaba la sensación de que las dos últimas han sido las menos cuidadas tanto por parte de la autora como por la de los correctores. El final parece haber sido redactado con prisas, dando una conclusión a la historia que no era la que la autora tenía en mente al comienzo.

El intento, en mi caso fallido, de la autora de mantener la tensión durante las 300 páginas ha perjudicado mucho el lenguaje. Frases pomposas y excesivamente dramáticas ridiculizan considerablemente a la protagonista y su forma de actuar. Al desacreditarla delate del lector, el final de la novela impide cualquier tipo de compasión, redención o comprensión. Una conclusión, que me hace preguntar qué tipo de mensaje quería transmitir Julia Montejo.

En definitiva, me gustaría señalar que una vez más se ha confirmado mi firme creencia en que no existen las malas experiencias. De todo se aprende. Los abrazos oscuros me recordó que no hay que fiarse de las apariencias, siendo el interior lo realmente valioso.