El significado del comunismo soviético: reseña de “El fin del «Homo sovieticus»”de Svetlana Alexiévich

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Photo: Julia Serbina

A principios del siglo XX el lingüista suizo Ferdinand de Saussure establecía la diferencia entre el significado y el significante, siendo el primero el contenido del segundo. El privilegio de establecer las fronteras diferenciales le compete a la mente humana, según reza el triángulo semiótico de Peirce, lo que motiva que la correspondencia entre el contenido y la forma, entre el significado y el significante no sea biunívoca. Cuando leemos que el comunismo es “la doctrina que establece una organización social en que los bienes son propiedad colectiva”, una definición de la RAE que, a primera vista, no contiene supuestos éticos contrarios a la concepción general de la justicia, surge el alarmante recuerdo del comunismo soviético estudiado en los manuales del instituto.

Han corrido ríos de tinta con la finalidad de clarificar la causa del fracaso, obras a las que uno accede conscientemente y de manera voluntaria, motivado por la gran inquietud que provoca la cuestión. Sin embargo, para la mayoría -a la que pertenezco, por cierto- nos cuesta dilucidar la trayectoria del comunismo en la URSS, y sobre todo las razones de su ocaso. “Tal vez podría dividirse a los soviéticos en cuatro generaciones: la de Stalin, la de Jruschov, la de Brézhnev y la de Gorbachov. Yo pertenezco a esta última, A nosotros nos resultó más fácil asistir al desplome de las ideas comunistas, porque no estábamos vivos cuando esa idea era aún joven y fuerte, cuando aún no había perdido el aura mágica de un romanticismo fatal y seguía viva la esperanza alimentada por la utopía” confiesa Svetlana Alexiévich en Apuntes de una cómplice, que hace la función de una introducción-prólogo en El fin del «Homo sovieticus» (Acantilado, 2015).

La obra cuenta con una estructura análoga a la de La guerra no tiene rostro de mujer –y que caracteriza toda la producción literaria de Alexiévich-: testimonios escogidos de las entrevistas realizadas por la periodista, agrupados en capítulos, cuyos títulos son citas directas del testimonio que contiene, o bien guardan una estrecha relación con el contenido de éste. Los capítulos, a su vez, son agrupados en bloques temáticos. De esta manera, el índice de la obra tiene la función de un metatexto, cuya riqueza y singularidad lingüística se ha conservado en la traducción del ruso de Jorge Ferrer. En El fin del «Homo sovieticus» hay dos bloques temáticos: “El consuelo del apocalipsis. Diez historias en un interior rojo” y “El encanto del vacío. Diez historias en medio de ninguna parte”. La dominante temática de las veinte historias consiste en la vivencia personal de los entrevistados del antes y el después de la caída de la URSS y la época de la perestroika: “No hago preguntas sobre el socialismo, sino sobre el amor, los celos, la infancia, la vejez, […], sobre infinidad de detalles de una vida que ha desaparecido. Ésa es la única forma de mostrar, de adivinar algo, inscribiendo la catástrofe en un contexto familiar.”- revela la periodista.

El fin del «Homo sovieticus» se encuentran relatos con menciones a mujeres que lucharon en la guerra, a la catástrofe de Chernóbil y a la guerra de Afganistán, de manera que estamos ante una obra de una temática global –los peligros de un sistema totalitario-, que se desarrolla por temas concretos en otras del ciclo “Voces de la utopía”. De los cuatro libros traducidos al castellano hasta la fecha, El fin del «Homo sovieticus» es el más extenso -643 páginas-, no obstante el impacto de su contenido no se debe a los detalles escabrosos del sufrimiento humano físico, sino más bien del psicológico. El alto precio que han tenido que pagar los ciudadanos de la URSS por la Victoria no se reduce solamente a las bajas durante la guerra o en un campo- las vidas rotas y las almas mutiladas en nombre de una idea merecen trascender en la memoria colectiva. El régimen totalitario ha llevado a cabo la reducción del individuo a una mera identidad nacional que determina su destino en el contexto histórico, por lo que es imposible de cuantificar a todos “aquellos que se habían adherido por completo al ideal, a aquellos que se habían dejado de poseer por él de tal forma que ya nadie podía separarlos, aquellos para quienes el Estado se había convertido en su universo y sustituido todo lo demás, incluso sus propias vidas” (página 10, Apuntes de una cómplice).

En las páginas de El fin del «Homo sovieticus» tienen cabida tanto los testimonios de aquellos que están en contra del sistema soviético, como aquellos que opinan que la solución a los problemas actuales consiste en el retorno a los ideales marxistas-leninistas e incluso estalinistas. Cada uno de los entrevistados ha vivido experiencias que han amoldado su manera de pensar, por lo que el lector podría no estar de acuerdo con sus valores, no obstante jamás juzgar su forma de actuar. Como dijo uno de los entrevistados, “sólo un soviético puede llegar a comprender a otro soviético”. El final de la URSS ha supuesto un antes y un después para todos los soviéticos, generando una realidad semejante a la narrada en “Good bye, Lenin!”. Los cambios que se producían a una velocidad vertiginosa no se limitaban al ámbito político o consumista. La ruptura más dañina y abismal ha sido entre la mentalidad de aquellos, que vivieron la edad adulta en la Unión Soviética y la generación que creció después de la perestroika, dando lugar a un profundo conflicto existencialista que se percibe en testimonios como “nuestros hijos no se nos parecen” o “mi tiempo terminó antes de que acabara mi vida”.

El “aura mágica de un romanticismo fatal” y “la esperanza alimentada por la utopía” parecen ser ingredientes necesarios para la existencia de un sistema comunista soviético, no obstante, se omiten en las definiciones oficiales. El significante del sistema político de la Unión Soviética puede ser el comunismo o el socialismo –dependiendo del momento-, sin embargo, para conocer su significado es necesario recurrir a los testimonios recogidos en El fin del «Homo sovieticus». Independientemente del sistema político es indispensable cuestionar y revisar los valores que promueve, ya que incluso el ideal más puro en manos equivocadas puede convertirse en una pesadilla.

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El azar posmoderno: reseña de “El elefante desaparece” de Haruki Murakami

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Se trata de una de las novedades editoriales del año: en marzo salió a la venta la colección de relatos El elefante desaparece (Tusquets Editores) de Haruki Murakami. Algunos de ellos, como Sueño, han sido publicados anteriormente, sin embargo la mayoría de los que aparecen en este volumen son una traducción reciente al castellano, llevada a cabo por Fernando Cordobés y Yoko Ogihara.

El elefante desaparece es el título de uno de los diecisiete relatos escritos por Murakami entre los años 1980-1991 que componen esta colección. El título sugiere un contenido fantástico y posmoderno, pero una vez comenzada la lectura se revelan aspectos sorprendentes tanto en lo que se refiere a las historias como a la estructura de las mismas. El contraste se hace patente ya desde el principio: el relato que presta su título al libro no está situado al comienzo, sino al final; el surrealismo del título da paso a una primera historia que se podría caracterizar más bien por un tono realista propio de lo cotidiano. Probablemente, lo que más se presta al contraste son los diferentes niveles de la realidad en los que opera el mundo concreto de un relato, así como los mundos de los diecisiete relatos en conjunto.

En las páginas de El elefante desaparece habitan de los más diversos personajes, sin embargo, hay una característica que une a todos ellos: son tremendamente humanos. En la mayoría de las historias el lector conoce la edad de los protagonistas, su oficio y su género. Resulta imposible obviar la importancia que Murakami le otorga a la música. Las preferencias musicales de los personajes confeccionan la personalidad de éstos, de manera que el lector encontrará una posible relación entre la producción de Wagner y el atraco de una panadería. A pesar de que por su extensión, un relato no tiene capacidad suficiente para los caracteres evolucionen en su profundidad psicológica, Murakami trata con mucho esmero los detalles que dotan a cada uno de ellos de aquellas rarezas que los hacen únicos. Todos los relatos contienen un proceso de búsqueda: se busca un gato, comida, graneros quemados, un elefante… como si de una alegoría se tratara, durante la búsqueda se llega –o no, según el caso- al autoconocimiento, al auto-encuentro:

“Quiero decir, elecciones incorrectas producen a veces resultados correctos y al contrario. Ante este tipo de absurdos (creo que se les puede llamar así), he llegado a la convicción de que en realidad no elegimos nada. Esa es mi forma de entender la vida. Respecto a las cosas que ya han ocurrido, no hay nada que podamos hacer. En cuanto a las que aún no han tenido lugar, todo está por ver.” (página 43) –reflexiona el protagonista de Nuevo ataque a la panadería.

Una situación cotidiana y una acción rutinaria cualquiera, narradas en El pequeño monstruo verde, La gente de la televisión o El enanito bailarín se sitúan en un mundo fantástico, de modo que obligan al lector a construir ese mundo posible a medida que avanza la lectura. Es verdaderamente asombroso el proceso de construcción de ese mundo posible, ya que siendo el mismo lector el que se encarga paulatinamente de incorporar elementos fantásticos, el pacto de ficción está mantenido desde el principio, independientemente de lo surrealistas que puedan parecer esos elementos fuera del contexto narrativo.

Una temática de clara influencia kafkiana, así como de Kurt Vonnegut, Raymond Carver y F. Scott Fitzgerald invita a reflexionar sobre el transcurso de una vida, de un modo muy similar al que lo hizo Patrick Modiano en Tres desconocidas: “Es extraño. Ni siquiera yo entiendo cómo he acabado vendiendo enciclopedias a los chinos. Recuerdo las circunstancias, pero se me escapa cómo al final las cosas convergieron de esa manera. Cuando quise darme cuenta, simplemente estaban así.” (página 251).

Planteada de esta forma, la vida parece el resultado de una acumulación de circunstancias en las que el ser humano ni siquiera dispone de un margen de actuación en lo que a su voluntad se refiere, es el azar el que determina el camino. No obstante, Murakami ejemplifica aquella bella frase de Antonio Machado que reza que “no hay camino, se hace camino al andar”, mostrando la importancia que tienen todas las decisiones que tomamos, aunque a primera vista nos parezcan insignificantes. Cada uno de los relatos tiene mucha fuerza que hace que pasado un tiempo nos sorprendamos pensando en el destino de alguno de los protagonistas. Sin embargo, los diecisiete relatos en conjunto crean un universo en el que, a pesar de ser independientes, sugieren algún tipo de relación entre los personajes. Desgraciadamente, las historias no están fechadas, por lo que es difícil conocer el orden de su creación- información que sin duda supone un interés para los estudiosos de la poética de Haruki Murakami. ¿Han sido concebidos como relatos desde el principio, o se trata de bocetos para la creación de una obra más extensa? En cualquier caso, y ante todo un enigma de la creación literaria, es una colección que deleitará a aquellos a los que les gusta la literatura posmoderna y surrealista al estilo de los relatos de Kafka.

Resulta difícil evitar la polémica expectación que acompaña a Murakami desde hace unos años, y este 2016 no es una excepción: el título aparecía en las listas de las publicaciones estrella del año junto a La guerra no tiene rostro de mujer (Editorial Debate), Cinco esquinas (Editorial Alfaguara) y Tres desconocidas (Editorial Anagrama), todos ellos pertenecientes a autores galardonados con el Premio Nobel.  El escritor japonés estuvo entre los favoritos para la concesión del Premio los años 2010, 2011, 2012, 2013, 2014 y 2015. ¿Será para Haruki Murakami el 2016 el año definitivo, al igual que lo ha sido para Leonardo DiCaprio?

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