¿Para qué privar de vista a Dice? Reseña de “Matar a un ruiseñor” de Harper Lee

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Sugería Séneca vivir en el desierto a aquel, que no quiera vivir sino entre justos. Ser justo no equivale a ser generoso, ni a ser piadoso; a veces la justicia implica crueldad y entonces, bajo la sarcástica mirada nietzscheana, planteamos preguntas retóricas a nuestras deidades. Emitir juicios acerca de un hecho es cómodo y perversamente placentero cuando no conlleva responsabilidad alguna, cuando se trata de reafirmarse en nuestras propias convicciones y principios vitales.

En Matar a un ruiseñor Harper Lee, como buena estudiante de derecho, desarrolla la problemática de la justicia. A través del personaje de una niña, Jean Louise –Scout para los amigos-, se narra la historia del padre de esta que se dedica a la abogacía y tiene que defender a un hombre de color acusado de violar a una muchacha blanca. El abogado se enfrenta a los habitantes de la población cuyas leyes sociales se rigen por la supremacía racial. Verdad sólo hay una, sin embargo son muchos los intereses personales que participan en la decisión de contarla y, por lo tanto, en actuar de un modo justo. No obstante, el abogado también es padre, y si se persigue vivir en una sociedad honrada y justa es necesario criar a la joven generación según los principios de la honradez y de la justicia.

La narración retrospectiva no deja lugar a dudas respecto a la suerte de los personajes principales, sin embargo la secuencia de los acontecimientos finales desafía incluso al más atento de los lectores. Se trata de un argumento que abarca varios años, a lo largo de los cuales se forma la personalidad de los niños protagonistas. Estos años sirven para presentar al lector el ambiente de la población desde todas las perspectivas posibles: las leyes no escritas por las que se rige la comunidad y las peculiaridades que hacen que los habitantes sean de una manera determinada. Por lo tanto, cuando llega el momento del juicio el lector ya forma parte de esta comunidad y está perfectamente capacitado para realizar conclusiones en base a los hechos presentados. La profundidad psicológica de los personajes contribuye a desdibujar los límites entre lo bueno y lo malo, ya que una acción se realiza en función de las circunstancias que condicionan al actante.

La historia del juicio, contada desde la perspectiva de la inocencia infantil que no se rige por comportamientos hipócritas, pone de manifiesto la doble cara que adquiere la verdad según pasan los años. Con la cita de Charles Lamb  -“Los abogados, supongo, también fueron niños alguna vez”- Harper Lee deja patente la problemática del proceso de la madurez incluso antes de comenzar la narración. Para sobrevivir en la sociedad debemos adoptar una serie de conductas llamadas “políticamente correctas”, sin embargo ¿es posible ser políticamente correctos sin traicionar nuestros principios morales? La inocencia se convierte en una característica negativa, y por tanto indeseable de la vida adulta.

“Porque sois niños y podéis entenderlo –dijo-, y porque le oí a él. –Señaló a Dill con la cabeza-. Su esencia todavía no se ha pervertido. Cuando sea un poco mayor no sentirá náuseas ni llorará. Quizá le parecerá que las cosas no son… correctas, digamos, pero no llorará, no cuando tenga unos cuantos años más. […] Llorar por el infierno que las personas hacen vivir a otras personas… sin pensarlo siquiera. Llorar por el infierno que los blancos hacen vivir a los de color, sin pensar que también son personas.” (capítulo 20)

¿Realmente necesitamos deshacernos de la inocencia con el fin de prepararnos para la vida adulta? Sí, la sociedad también tiene un nombre para esta terrible acción: madurar. Con el paso de los años las circunstancias se adueñan de las vidas adultas y no es libre sino aquel, que no tiene nada que perder. ¿No sería más fácil no adquirir aquello que complica nuestra existencia? ¿Hay algo más valioso que tener un criterio propio y ser capaz de defenderlo? Aplaudo la capacidad de observación que ha tenido Michel Foucault al alertarnos sobre un “aparato de producción” al que se sujeta a aquellos a los que se educa –los niños y los presos principalmente- con la finalidad de ejercer sobre ellos un control absoluto.

A pesar de haber sido publicada por primera vez en 1960, la obra presenta muchos de los motivos literarios propios del realismo decimonónico: el determinismo, que destaca la importancia de las circunstancias sociales que condicionan el crecimiento personal de los personajes; la hipocresía de un ambiente de provincias, así como la defensa de la sociedad contra el elemento diferente. El motivo de la diferencia de clases sitúa la novela en la línea temática de Uncle Tom´s Cabin (La cabaña del Tío Tom) de Harriet Beecher Stowe, Записки охотника (Memorias de un cazador) de Iván Turguénev o la más reciente The Help (Criadas y señoras) de Kathryn Stockett.

La otredad es tratada no solamente a través de la cuestión de la supremacía racial, sino también de la supremacía social que se ejerce sobre el personaje de Arthur Radley en cuanto a su interacción con el entorno. La defensa de la sociedad contra lo ajeno, la dificultad de admitir lo que es diferente ha sido estudiado por la antropología y algunas ramas de psicología, aparece en numerosas obras literarias de siglo XIX y XX. En Tótem y tabú Sigmund Freud cita a Northcote W. Thomas para definir la palabra tabú como “a) el carácter sagrado (o impuro) de personas u objetos; b) la naturaleza de la prohibición que de este carácter emana, y c) la consagración (o impurificación) resultante de la violación misma” (Freud, 2011:32). En cuanto a las seis finalidades del tabú, las acciones que figuran son: en cuatro ocasiones se trata de “proteger”, y en las restantes- “preservar” y “precaver” (Freud, 2011:33), ya que “el hombre que ha infringido un tabú se hace tabú, a su vez, porque posee la facultad peligrosa de incitar a los demás a seguir su ejemplo” (Freud, 2011:50). De esta manera el lector se convierte en testigo de cómo con el fin de proporcionarse una posición superior se produce la creación de una identidad por oposición. Estamos ante una sociedad que se autodefine como buena por oposición a un constructo que es interiorizado como “malo” dentro del imaginario colectivo.

Matar a un ruiseñor invita a una reflexión sobre la justicia, convirtiéndose en lectura obligatoria para los estudiantes de derecho y los padres, ya que son los responsables de mejorar la sociedad. Y por muy injusta que puede parecer la existencia, debemos retener las palabras del sabio Lincoln: “la probabilidad de perder en la lucha no debe disuadirnos de apoyar una causa que creemos que es justa”.

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